Como cualquier valencianista, siento vergüenza. Ahora mismo, el partido acaba de terminar hace 40 minutos cuando escribo esto, me duele la cabeza, las piernas, la garganta. No me encuentro bien, y mi mujer, siempre más juiciosa que yo, me pregunta si me vale la pena. Le digo que sí con un gruñido, porque sé que no es racional, pero ser del Valencia es algo que ya tengo para toda la vida, que de alguna manera he inculcado a mi hija sin buscarlo, y a lo que no puedo renunciar.