Ser el malo en un club de fútbol es algo muy jodido, porque te toca exigir, apretar, dar miedo, ver cómo la gente se calla cuando te ve llegar, cómo te huyen.
Pero sin esa figura, sin alguien que sea capaz de decirle a un tipo a los ojos, “te estás jugando tu futuro, y como no te pongas las pilas te vas a la puta calle o te mueres de asco en la grada”, que en ocasiones hay que decirlo, bien fuerte y bien desagradable, el nivel de exigencia, directamente, desaparece.