Uno de los mayores traumas del Valencia moderno es que no entendemos el proceso de venta. Ni el de hace 10 años, en el que aún se pudo intentar hacer algo, y hubo presión social para que se lo quedara el que se le quedó, y mucho menos en el que viene, porque ahí vamos a pintar cuadros, y eso nos va a cabrear mucho más.