Pablo Aimar podía haber sido uno de los mejores jugadores de fútbol de la historia, porque lo tenía todo: formado en River Plate, debutando muy joven en el primer equipo, internacional absoluto por Argentina siendo casi un niño, llegada a Europa a una edad perfecta a un equipo que en ese momento era uno de los 10 mejores del continente, siempre con los entrenadores de cara, con el entorno más a favor aún... pero siempre le pasaba algo, siempre tenía una pega, siempre se lesionaba cuando no tocaba, nunca aparecía cuando debía.