El año pasado, después del derbi en Mestalla, el Levante apartó a Ballesteros de la palestra para protegerle. Aquel gesto llevándose la mano a los genitales que desde el valencianismo se malinterpretó y su rifirrafe con Unai Emery, con quien tuvo un encontronazo fuerte, lo puso en el ojo del huracán y el club prefirió no avivar el fuego sino apagarlo con su silencio.