Cuando hace algo más de un año la figura de Peter Lim se iba erigiendo como el futuro del Valencia en forma de nuevo dueño, los aplausos atronadores de una gran mayoría valencianista se escuchaban hasta en Singapur, porque era el fin del viejo régimen, de los Llorente, Andreu y compañía, de la Fundación como garante de una mentira asquerosa pagada con dinero público, de la guerra entre grupos que sólo pretendían mandar sin poner ni uno, que eso va contra su religión.