De pandemias, medios de comunicación e Iker Jiménez

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Iker Jiménez

Vaya por delante que quien escribe estas líneas no es científico. No soy epidemiológico, ni virólogo, ni siquiera médico. Sólo soy un humilde profano, un mero observador, cuyo único bagaje respecto a lo que estamos viviendo son las muchas horas empleadas en la recopilación y seguimiento de datos, por una parte, y en la atención a la opinión de contrastados expertos, por otra. Soy de aquellos que empezaron a absorber cuanta información aparecía desde el inicio en China de la epidemia, devenida pandemia ya. De los que advirtió a su entorno que esto no era lo que nos estaban haciendo creer, de los que pidió a sus personas más cercanas que extremasen las precauciones, especialmente para con sus mayores, si los conservaban. Soy de esos que se confinaron motu proprio antes de que se nos urgiera a hacerlo.

Porque cuando escuchaba al doctor Richard Hachett (responsable epidemiólogo de EEUU tanto con administraciones demócratas como republicanas, lo que evidencia que su autoridad en la materia trasciende con mucho a la arbitraria elección política), decir que la analogía más apropiada para este virus es una guerra, me resultaba obvio que un científico de su talla no tira por la borda su prestigio por protagonizar un titular grandilocuente. O porque cuando evaluaba la tasa de contagios y defunciones en Italia, la cruda realidad que imponía, como siempre, la aritmética era el peor de los presagios. O porque cuando el doctor Cavadas explicaba (¡el 31 de enero!) que si China levantaba un macrohospital en tres semanas era porque algo grave pasaba, el sentido común me dijo a gritos que él tenía razón, que ningún país hace eso por una simple gripe. ¡Qué no se dijo del doctor Cavadas! Alarmista fue el epíteto más refinado que tuvo que soportar.

Y paradigmático el caso de Iker Jiménez, que más recientemente ha sufrido una bestial campaña de desprestigio, rayana en el acoso. ¿Su delito? Dejar que en su programa de Youtube, Milenio Live, hablasen personas con vastos conocimientos y experiencias en la materia, como los doctores Camacho y Gaona, de manera libre y sin seguir consigna alguna. Permitir que un experto opine de lo que ve y de cómo lo ve, así de simple. Parece lógico, ¿verdad? Sin embargo, en la cainita España eso no se tolera. No tengo el privilegio de conocer personalmente a Iker Jiménez, y no soy quién para defenderlo, carezco de la ascendencia y de la repercusión para ello.

Pero sí puedo decir que es un librepensador, que sigue su propio criterio a la hora de articular sus discursos, sin atender ni deberse a ninguna obediencia. Y eso en este, nuestro país, tan polarizado y donde las opiniones se compartimentan en bloques ideológicos estancos, se castiga. Si además has tenido previamente la osadía de husmear en asuntos tabúes, por ejemplo el caso Alcácer, el castigo será aun mayor. Como si a la investigación periodística se le aplicase una suerte de código penal paralelo que hiciera punible la reincidencia: cuanto más hables de lo que el poder no quiere, con mayor fuerza caerán sus tentáculos sobre ti. También puedo decir que, para muchos, esos programas de Milenio Live fueron un sopapo de realidad, la advertencia de la verdadera magnitud del enemigo al que nos enfrentábamos. Y que una sociedad sana estaría agradecida por esa labor.

Hoy, de todos aquellos “sologripistas” que demonizaron a Iker Jiménez, ni uno solo ha pedido perdón. Es más, algunos, enrocándose en el tan típicamente español sostenella y no enmendalla, se intentan justificar con la miserable excusa del “alguna vez tenía que acertar”, como si el objeto de análisis en cuestión fuera la bonoloto. Acomodados lacayos del poder entonces, y cobardes ahora. Y yo percibo más honestidad en un dedo de Iker Jiménez, que en toda la caterva de charlatanes que pululan por las tertulias generalistas, y cuyo mérito principal reside en repetir como cacatúas las consignas del partido político del que, directa o indirectamente, vivan. Siento que debía decirlo.

¿Y ahora qué? Pues que, al igual que los virus, los mantras de los voceros del sistema también mutan, y del “esto sólo es una gripe” hemos pasado al “nadie podía verlo venir”. Así, como lo oyen, sin alterar un ápice el rictus, sin que el rubor traspase la capa de maquillaje. Mas digo yo, ¿cómo que no se podía ver venir? Si yo, que soy un ciudadano de a pie, lo vi venir, ¿cómo no va a poder verlo venir el gobierno de España, con la ingente información que maneja, y la cantidad de asesoramiento de la que dispone? Que nadie se llame a engaño, sólo quien no quiso siquiera entreabrir sus párpados no lo vio venir. Ya lo dice el refrán: no hay peor ciego que el que no quiere ver.

He de confesar que soy poco optimista respecto a la evolución de la pandemia, incluso dudo cada día más de que la llegada del verano sea la panacea que muchos esperan. Ojalá me equivoque. Tampoco lo soy al respecto de que la sociedad mejore cuando todo esto pase, como algunos auguran. En realidad, me conformaría con que, una vez que esta ola de muerte y destrucción haya quedado atrás, fuéramos capaces de evaluar el papel de los medios de comunicación. Seguramente lo hayan adivinado: tampoco soy optimista en ese sentido.

Ernesto Souto.

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