Aquella tarde invernal del 12 de febrero de 1989 Manolo marchó hacia el túnel de vestuarios a la conclusión del primer acto con el rostro desencajado. Mientras recorría la distancia que separa el terreno de juego del entonces Nou Estadi del enclave destinado a los jugadores del Ceuta trataba de poner pensamiento a todos los sucesos que se habían cernido a su alrededor en cuarenta y cinco minutos auténticamente devastadores.